Eduardo
Basualdo[i] explica cómo el modelo denominado de la valorización
financiera se instaura en nuestro país a partir de 1976. Asimismo cómo dicho
modelo perdura a lo largo de los gobiernos constitucionales de 1983 en
adelante. En primer lugar la sangrienta represión sufrida por quienes se
opusieran al nuevo modelo es la clave. A continuación, ya con gobiernos
elegidos por los votantes, dos factores son preponderantes para mantenerlo. El
primero (cronológicamente) la hiperinflación (o hiperinflaciones) que, entre otras
cosas, adelantó el cambio de mando entre Alfonsín y Menem. Esta experiencia
económica desesperante sirvió para dar carta blanca al flamante gobierno de
tomar todas las medidas que considerara necesarias para “normalizar” al país.
Tales medidas lograron frenar la inflación, con lo que, en comparación, la
población se sintió aliviada, lo cual le dio consenso popular al modelo (algo
que se refleja en la elecciones).
El efecto “colateral” de este freno a la
inflación, la desocupación, fue el segundo factor que, devenido en estructural,
posibilitó el mantenimiento del modelo incluso prescindiendo de la represión
que fuera utilizada para instaurarla. La
ampliación del ejército de reserva de desocupados le quitó poder de
confrontación al sindicalismo. Además Basualdo habla de cooptación de
dirigentes sindicales y políticos, así como refiere a los intelectuales
orgánicos que apoyan el modelo. Es más, se refiere a la corrupción, no como
obra de algunos perversos aislados, sino como componente del amalgama necesaria
para impulsarlo.
Es destacable cómo Basualdo no restringe el
accionar al partido gobernante. En su lugar prefiere referirse al bipartidismo
funcional (Radicalismo-Peronismo). Precisamente considera que uno de los
errores del FREPASO, el tercer partido surgido en el período, fue asociarse con
el Radicalismo, que era parte
responsable del modelo. Otro error que le atribuye fue considerar a la
corrupción una característica de los que gobernaban y no algo que iba más allá
de eso.
Entre las fracciones de los sectores
dominantes, Basualdo nos presenta a grupos económicos locales y algunos
conglomerados extranjeros por un lado y a los acreedores externos por otro.
Esta división sobre la base de intereses será crucial. Durante el gobierno de
Alfonsín el primer grupo se veía beneficiado por la apropiación del excedente
(promoción industrial, sobreprecios en ventas al estado, eximición de
impuestos, etc.) los acreedores externos quedaban relegados. A propósito es
bueno tener en cuenta lo que nos dice Iñigo Carrera[ii] “El
estado nacional se endeuda por sí mismo en el exterior, y convierte luego esta
deuda pública en gasto público. Con lo que crea al interior del ámbito nacional
capacidad de compra adicional, destinada a realizar la plusvalía de los capitales
industriales fragmentarios“.
Esta suerte de disputa entre locales y
externos va a tener su correlato en la corrida cambiaria que desata la primera
hiperinflación. Iniciada por los bancos extranjeros, su objetivo fue
desestabilizar para convencer de que los acreedores extranjeros también debían
ser incluidos en la repartija. Ciertamente, Iñigo Carrera aporta un dato no
menor al respecto “La sequía relativa que afecta a las campañas agrícolas
87/89, contrae la renta de la tierra que venía siendo apropiada por el capital
industrial, y se desata la crisis”.
A partir de este proceso hiperinflacionario el gobierno se propone la
reestructuración del estado, privatizar tal como lo proponían los acreedores
(plan Baker primero, plan Brady posteriormente). Acá es donde Basualdo nos señala un punto que
no merece pasar inadvertido. Suele
imputársele a los 90 en forma impersonal, o al menemismo personalizando, la
vocación de convertirse en la profundización del modelo de la valorización
financiera. Sin embargo es durante los últimos años del gobierno radical cuando
se proponen las reformas que incluyen privatizar. Paradójicamente, impedidas
por la oposición del partido político que las llevaría a cabo una vez en el
poder. En otra perspectiva, condescendiente quizás, se puede hablar de dilema,
o de falta de alternativa ante la conminación. Basualdo nos cuenta del poder de
presión que daba a los grupos locales la posibilidad de que éstos repatriaran
los fondos fugados, algo que nunca se
concretó. Por otra parte la corrida cambiaria desatada por los bancos
extranjeros fue más que una advertencia.
Con las privatizaciones que finalmente se
consumaron a principio de los 90 durante el gobierno de Menem, las facciones
dominantes superan sus contradicciones ya que dejan de estar “enfrentadas” para
conforman una comunidad de negocios sobre la base de la asociación en la
propiedad de las empresas privatizadas. Nótese que el negocio de la fracción
acreedora no pasaba simplemente por cobrar. No se inagura una etapa en que la
Argentina comienza a saldar su deuda sino todo lo contrario. Como escribe
Basualdo, comienza un nuevo ciclo de endeudamiento externo. Al respecto Iñigo
Carrera concretamente nos indica “…el estado no ha desembolsado en ningún
momento de sus ingresos corrientes para el pago de la deuda. Al contrario, el
estado ha ampliado su endeudamiento externo por encima de los intereses
devengados, con lo cual su ingreso neto ha permanecido prácticamente
ininterrumpido desde la década del 70”. Es de suyo evidente que la Deuda
Externa, lejos de disminuir, aumenta luego de las privatizaciones.
Iñigo Carrera describe cómo los compradores
del capital público pagan su compra mediante títulos de la deuda que adquieren
en el mercado substancialmente por debajo de su valor original de colocación, y
que el estado nacional recibe como pago a un valor por encima de aquel, e
incluso por su valor nominal. Si hasta se le suma el permiso de aumentar
precios y tarifas, las tasas de ganancias garantizadas, la poca rigurosidad para
hacer cumplir compromisos de inversión y demás prebendas, el negocio es más
redondo todavía.
Basualdo remarca como característica del
proceso privatizador su rapidez. Entre 1990 y 1992 se privatizaron las
principales empresas públicas. La proporción muy alta de capitalización de
bonos de la deuda externa, superior a la de otros países latinoamericanos. El
hecho de que entraran en la negociación espacios de apropiación de renta, como
el petróleo. En este sentido lo compara con Chile, que no privatizó sus
yacimientos de cobre. Finalmente, las restricciones que marginaron a las
empresas nacionales que allanaron el camino a los grandes grupos económicos y
empresas extranjeras.
Además de las privatizaciones, el modelo de
valorización financiera que comienza con la dictadura tuvo como ingredientes la
apertura externa, es decir la posibilidad de importar sin trabas. Combinado con
la sobrevaluación del peso provocó que muchas empresas manufactureras no
pudieran competir contra el aluvión de importaciones. Algo que hizo crecer la
desocupación que, como se lee más arriba, fue factor para el mantenimiento del
modelo. Las empresas que lograron seguir siendo competitivas lo hicieron
aprovechando la baratura de importar bienes de capital y así modificar la
composición orgánica del capital.
Pero lo más decisivo, y no soy original al
afirmar que es lo que da su nombre al modelo, fue que se tornó más beneficioso
la inversión financiera que la productiva. Siguiendo a Iñigo Carrera vemos que
las tasas activas vigentes en el mercado interno de capital a préstamo se
tornan marcadamente positivas en el promedio de un año a otro en épocas de baja
inflación. Se toman préstamos en el exterior y se lo coloca en el mercado
interno, para producir o meramente valorizándolo a tasa de interés positiva. En
pocas palabras, se toma un préstamo en el exterior y se lo deposita a interés
en el país, y eso alcanza para realizar ganancias sin mayores esfuerzos. El
paso subsiguiente es sacar las ganancias del país, lo cual genera la fuga de
capitales que no es asunto menor. Para evaluar la magnitud de esto, Basualdo
nos da un ejemplo; en 1983 la deuda externa era de 46.000 millones de dólares,
y la fuga de capitales ascendía a 35.000 millones. No soslayemos que mediante
la deuda externa se proveen divisas para la fuga de capitales.
Desde otra perspectiva, Llach[iii] nos contaba que un país emergente, ayudado por la
mayor entrada de capitales, se endeuda en el exterior para financiar parte de
sus inversiones. Es decir, presenta el endeudamiento como herramienta de
crecimiento. Para este autor, la reforma económica iniciada en 1989-90 es una
respuesta a la decadencia de la Argentina. O sea, no lo ve como continuación
del procesos económico iniciado en el 76 sino como un cambio superador.
Llach presenta como los “cuatro ases” de la
reforma económica a la convertibilidad, la apertura económica, la desregulación
y las privatizaciones. Los cuatro fantásticos también podría haberlas llamadas
en su panegírico. Lejos de imputar a alguno de ellos el aumento de la
desocupación, lo que ve es un medio para que, mediante el aumento de la
productividad, los empresarios domésticos se aproximen al los costos y
calidades internacionales. También ve que en vez de fuga de capitales se
realiza un boom de inversiones incluido el retorno de los fondos que habían
fugado. Aunque apenas unos renglones más adelante reconoce que la inversión
todavía no es suficiente.
El argumento es que, una vez alcanzado
el nivel de inflación de EEUU, la
siguiente meta es crecer lo suficiente para que la productividad argentina se
aproxime a la de ese país. Lo cual tomaría unos veinticinco años de crecimiento
continuo, “nada más”. El optimismo se debe a que entre 1990 y 1996 Argentina
creció un 3% anual más que los EEUU. Algo así como estar perdiendo 12 a 0 y por
hacer dos goles en diez minutos creer que se puede empatar.
Ilustra la visión optimista de Llach su
pronostico de que la industria automotriz marchaba irreversiblemente hacia la
internacionalización. Aun reconociendo que el subsidio al sector era demasiado
costoso para la sociedad y debía llegarse a producir a precios internacionales.
Claramente en oposición a lo que nos enseña Iñigo Carrera respecto a que los
capitales medios se fragmentan para actuar en el mercado interno como capitales
de menor tamaño y así aprovechar los beneficios que les representa la
acumulación de capital en Argentina. Los capitales medios fragmentados no
tienen interés en desarrollar todo su potencial para llevar al límite la
productividad del trabajo. Entre otras cosas, es ese subsidio que refiere Llach
como a superar, es lo que lleva a los capitales medios fragmentados a actuar en
el mercado interno. Mercado que por su dimensión no es apto para el desarrollo
total de esa potencialidad. El negocio es producir en Argentina para ese
mercado interno y a lo mucho para los vecinos vía Mercosur. Al respecto, en
otro de sus textos[iv] Iñigo Carrera señala “De hecho, buena
parte de las fábricas locales se encuentran montadas con el equipamiento que
las mismas empresas han desechado por obsoleto en sus países de origen ante la
expansión de la escala de producción. Pero pequeña escala, y sus secuelas sobre
la actualización técnica, significan menor productividad del trabajo. A su vez,
ésta significa mayores costos y, luego, la imposibilidad de valorizar el
capital a la tasa general de ganancia”.
Siguiendo con Iñigo Carrera, la especificad
del proceso nacional de acumulación tiene que ver con la apropiación de la
renta de la tierra por los fragmentos del capital medio y los pequeños
capitales de monto equivalente. Por ejemplo, mediante la sobrevaluación del
peso. La renta diferencial sigue siendo clave porque permite que el estado
nacional se quede con una parte sin entorpecer su reproducción normal. Durante
los años noventa no hubo retenciones a las exportaciones pero la sobrevaluación
del peso, al igual que a principio del siglo XX, cumple la misma función. En
términos burdos, por medio del peso sobrevaluado, se paga por las divisas que
ingresan desde el agro menos que su valor. La diferencia se puede volcar para
que los capitales medios fragmentados lo aprovechen. Sea adquiriendo divisas
para importar, o como gasto público creando capacidad de compra destinada a
realizar la plusvalía. Tal como se lee más arriba que ocurre al contraer deuda
externa.
Pese a su optimismo, Llach ya advertía que
la tasa de interés debía reducirse en el orden de un 30%. Asimismo hace notar que pese a que el PBI por
habitante en 1996 es casi idéntico al de 1980, la producción industrial por
habitante está 13% por debajo en comparación.
Llach destaca que todas las reformas surgen
impulsadas por leyes votadas por el Congreso representativo. Recordemos, la Ley
de Emergencia Económica y la Ley de reforma del Estado. Aunque Llach no las
menciona directamente, también podrían agregarse las leyes de flexibilización
laboral. Esta última una herramienta necesaria para lo que Llach encomia tanto;
el aumento de la productividad. Recordar estas leyes y su “legitimidad” por se
aprobadas por mayoría que incluye al partido Radical nos remite a Basualdo y su
no circunscripción de la responsabilidad al oficialismo de los 90.
Veinticinco años en la historia de un país
no parece tanto. Rosas gobernó durante más de veinte y no dejó una herencia tan
determinante para el futuro del país. Pero estos veinticinco años que van de
1976 al 2001 sí lo hicieron. Y todavía se discute si es una etapa del pasado o
continúa de alguna manera[v].
Hoy es fácil decirle a Llach, “viste que
Paul Krugman tenía razón”, porque tenemos el “diario del lunes”. El testimonio
de Llach es valioso porque le da sustento ideológico a esa postura (hoy
incomprensible) de mantener la convertibilidad a como diera lugar por parte de
la Alianza. Basualdo nos cuenta que la corrupción no era producto de unos pocos
perversos sino parte sustancial del sistema. Eso no implica exonerar a los
corruptos o comprenderlos. Del mismo modo podremos seguir insultando a los que
consideramos “malos gobernantes”, personalizando, pero sin perder la noción de
que si Menem hubiera muerto en 1988 todo esto igual hubiera ocurrido de manera
similar. Menem fue un producto de la corriente económica dominante y no al
revés. A la hora de juzgarlo sugiero tener la misma actitud que Marx respecto
de Luis Bonaparte[vi]
Hoy, por estas horas mientras escribo,
escucho acusaciones hacia el sector radical que se asoció con Macri. Se
reivindica a Alfonsín como alguien que nunca hubiera hecho eso. Más importante
aun, se estigmatiza a unos como neoliberales mientras otros se autoproclaman
enemigos de ese estilo de gobierno. A la luz de los aportes de los autores que
propone la cátedra, y de otros que oportunamente me ha tocado leer, me
pregunto; ¿todavía mucha gente puede pensar que los políticos se dividen en buenos
y malos (sean estos últimos perversos o negligentes)? ¿Todavía podemos pensar
que lo nuestro es mala suerte porque siempre las elecciones las ganan los
malos? Peor aun, ¿todavía podemos sentirnos responsables porque supuestamente
somos nosotros los que elegimos?
[i] Basualdo Eduardo Sistema político y modelo de
acumulación en Argentina. Universidad Nacional de Quilmes Ediciones. 2001
[ii] Iñigo Carrera Juan La acumulación de capital en
la Argentina.
[iii] Llach Juan, Otro siglo otra Argentina, Editorial
Ariel.
[iv] Iñigo Carrera, Juan La
crisis de la representación política como forma concreta de reproducirse la
base específica de la acumulación de capital en Argentina.
[v] Feliz mariano ¿Neo-desarrollismo: más allá del
neo-liberalismo? Desarrollo y crisis capitalista en Argentina desde los 90
[vi] Marx Carlos, El 18 Brumario de Luis Bonaparte.