“No hay absurdo que no
haya sido apoyado por algún filósofo” (Marco Tulio Cicerón).
Esta sentencia,
recordada al leer cómo Max Weber justifica la “Gran Guerra”[1], “...debíamos
arriesgar esta guerra... Lo imponía el honor de nuestro patrimonio
étnico-cultural.”, nos pone en alerta. Si bien podemos asumir que tal
justificación la hace desde un rol político, influenciado por condicionamientos
coyunturales, el peso de un discurso es inescindible de la personalidad, y por
qué no, de la reputación de quien lo emite. A nuestro entender, a menudo es más
importante el emisor que el mensaje en sí pues éste último, amén de sus
cualidades intrínsecas, suele encontrar eco o no dependiendo de quien provenga.
Claro está que no todo acaba ahí. También hay que considerar hacia quien va
dirigido y el contexto. Pero estas dos condiciones, a su vez, nos remiten nuevamente
al emisor, son las que lo convierten o no en digno de ser considerado. ¿Confuso?
Permítasenos intentar aclarar con un ejemplo:
Sarmiento,
inmortalizado como “Padre del aula”, considera que “...los Estados Sud Americanos pertenecen a una raza que figura en última línea entre los pueblos civilizados” propone
a la educación pública como un modo de defenderse de las masas que no están tan
dispuestas al respeto de la vida y la propiedad[2]. Por su parte, Simón Rodríguez denuncia que “Los
Doctores Americanos no advierten que deben su ciencia a los indios y a los
negros: porque si los Señores Doctores hubieran tenido que arar, sembrar,
recoger...no sabrían tanto... estarían en los campos y serían tan brutos como
sus esclavos[3].
Sarmiento utiliza el
término “raza” y de esta forma naturaliza las características que atribuye a
las “masas”. Simón Rodríguez remarca la que diferencia entre los “Doctores” y
sus esclavos no es una cuestión biológica. Y aunque a la luz del presente se
nos haga fácil elegir con cuál de los dos coincidir, la Historia testimonia
cual fue la idea que se impuso. El contexto, los receptores del mensaje,
elevaron a sarmiento a la calidad de digno de ser escuchado. Simón Rodríguez,
en cambio, fue ignorado y hasta censurado[4].
Recapitulando,
priorizamos la importancia del emisor, y no porque éste posea cualidad
inherentes que le confieran credibilidad y poder de persuasión. Como analogía pertinente se nos ocurre apelar
a El carácter fetichista de la mercancía
y su secreto[5], en
donde Marx nos explica que el carácter que distingue a la mercancía no se debe a una propiedad inmanente de la
misma sino a una relación social “...todavía no hay químico que haya
descubierto en la perla o el diamante el valor de cambio”.
Esta relación
(emisor-receptor-contexto) es para nosotros una herramienta analítica
fundamental. Nos auxilia en procura de no caer en un subjetivismo voluntarista
que reduce todo proceso histórico al resultado de las acciones individuales de
algunos hombres (verbigracia los inmortalizados próceres). Pero de igual manera
nos aleja de un exceso de objetivismo
que nos gusta ejemplificar con la frase “Las revoluciones no se hacen: llegan”
(W. Phillips), toda una invitación a la inacción. No creemos que cuando Rosa
Luxemburgo escribía “El poder caerá en el
regazo del proletariado como un fruto maduro”[6] insinuaba que había que esperar sentado.
Retomando la
justificación de Weber con la que comenzamos, y respecto de entenderlo en un
rol político cabe una aclaración. No creemos en una ciencia libre de ideología.
Por tanto no creemos que Weber haya
hecho esa justificación de la Gran Guerra
desde su ideología y que, en cambio, cuando escribió “La ética
protestante y el espíritu del capitalismo” se despejó de la misma para ejercer
una ciencia “neutral”. ¿No podría, acaso, la Astronomía presumir de ser, en la
odiosa comparación, más “objetiva” que su hermana más joven la Sociología? Y
sin embargo, los contemporáneos de Galileo Galilei que lo impugnaban no lo
hacían contra la ciencia sino desde ella. Y si vamos a un caso más extremo (más
transparente también), los fisiócratas[7]
se reivindicaban científicos y aunque hoy se nos haga evidente qué intereses
defendían de ninguna manera podemos asumir que lo de ellos fuera una mascarada
o una falsedad premeditada. Sólo miente quien sabe que miente. Quien cree en
las ideas que postula, por más que luego éstas sean refutadas, no merece ser
apostrofado de mendaz.
A propósito de la
comparación entre Sarmiento y Simón Rodríguez, y aun admitiendo que nos
simpatiza más el segundo, en principio no somos partidarios de dividir a los
personajes históricos en buenos y malos. No compartimos ese revisionismo
condenatorio que juzga desde el presente las acciones del pasado como si los
valores fueran inmutables. Adherimos a Nietzsche en que “no existen hechos eternos ni verdades absolutas”[8] y en que “La
maldad es rara. La mayor parte de los hombres están harto ocupados en sí mismos
para ser malvados”[9].
Asimismo tenemos en cuenta la
referencia de Jauretche a la historia “cuya
falsificación tiene también por objetivo una zoncera: presentar nuestro pasado
como una lucha maniquea entre “santos y diablos”, con lo que los actores dejan
de ser hombres para convertirse en bronces y mármoles intangible”[10].
Dijimos que la
sentencia de Cicerón nos ponía en alerta. Lo de Weber fue apenas un ejemplo
pero no agota el asunto. A la hora de ponernos a escribir, muchas de nuestras
ideas se argumentan desde la sapiencia que atribuimos a tal o cual economista,
pensador, filósofo, etc. (como recién lo hicimos con Nietzsche). ¿Cómo poder
estar seguros de que entre todos los autores que citamos en defensa de nuestras
ideas no hay uno, o varios, que en realidad lo que hacen es apoyar un absurdo?
Y la única respuesta que nos sale nace del bagaje del conocimiento popular: “A seguro se lo llevaron preso”. Estar
alertas es simplemente eso; estar alertas. No vamos a conducirnos con la duda
sistemática de Descartes ni vamos a partir de negar el conocimiento como
Sócrates. De hecho nos preguntamos cómo
sería posible llevar a cabo la propuesta de Raúl Scalabrini Ortiz de “...exigirse una virginidad mental a toda
costa...”[11]
.
No son pocas las
posturas intelectuales que suenan bien y lucen verosímiles hasta que se las
contrasta con otras. Desde la matriz de pensamiento filosófica-jurídica liberal
se sostiene que la razón, en tanto atributo de la naturaleza humana universal, es
el árbitro absoluto que determina la veracidad y legitimidad del conocimiento,
operando como único criterio de verdad.[12]
Sucede que esta afirmación pretenciosa y altisonante choca contra lo que
Nietzsche denomina “Malos hábitos del razonamiento”: Una opinión es benéfica, luego es verdadera; su efecto es bueno, luego
la opinión misma es buena y verdadera.[13]
Hechas
estas consideraciones, a nuestro juicio indispensables, sigamos adelante.
El “Padre del aula”,
Domingo Faustino Sarmiento, le escribió una carta al encargado de negocios de
Su Majestad Británica, a quien solicitaba ayuda para derrocar a Juan Manuel de Rosas.
Del texto de la carta destacamos “Pertenezco
al corto número de habitantes de América del Sur que no abriga prevención
alguna contra la influencia europea en esta parte del mundo”.[14]
De la lectura de este fragmento nos surge al menos dos reflexiones: 1)
Sarmiento reconoce que en ese momento los que pensaban como él eran minoría. 2)
Sarmiento siempre miro con ojos deslumbrados la cultura europea (salvo a España[15])
y con desdén a la americana.
También surgen
algunas preguntas: ¿Cómo es que esa minoría se vuelve mayoría y por qué? Años
después tenemos a Jauretche explicando que
“La idea no fue desarrollar América según
América, incorporando los elementos de la civilización moderna... Se intentó
crear Europa En América trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que
podía ser obstáculo...”[16]
Es decir, el sueño de Sarmiento hecho realidad, y en contraste, la pesadilla de
Martí cristalizada. Martí que había expresado “El buen gobernante de América no es el que sabe cómo se gobierna el
alemán o el francés sino el que sabe con qué elementos está hecho su país”-[17]
. Como todos sabemos, Sarmiento alcanzó la presidencia de Argentina. Podemos
saber también con qué elementos prefería contar. “Los ingleses, franceses y holandeses en Norteamérica, no establecieron
mancomunidad ninguna con los aborígenes..., se encontraron compuestos de las
razas europeas puras, con sus tradiciones de civilización cristiana y europeas
intactas...”[18]
No parece casual (amén de la cronología) que Simón Rodríguez expusiera que
“La sabiduría de la Europa y la
prosperidad de los Estados Unidos, son dos enemigos de la Libertad de pensar,
en América”[19].
Para Martí “trincheras
de ideas valen más que trincheras de piedra”[20]
y cuentan que Sarmiento escribió “Bárbaros, las ideas no se matan”, frase de un
tal Constantino Volney[21].
¡Vaya una coincidencia desde
las antípodas! Ambos estaban convencidos de la importancia de las ideas...
Claro, en lo que no coincidían era en las ideas mismas.
Más con la espada que
con la pluma y la palabra, entre 1860 y 1880 en Argentina se logra consolidar
un régimen republicano con aspiraciones modernizantes articulado con los
intereses neocoloniales de Inglaterra y fuertemente excluyente de las mayorías
sociales[22]. Se
aplicó una política de exterminio contra todos aquellos que obstaculizaban la
europeización de Argentina (indios y gauchos en particular), es decir, “la
barbarie”. Un Estado en cuya formación no vemos algo de aquella concepción
imaginaria de Hobbes, salvo que tomemos como Leviatán a las “masas ignorantes”
de las cuales aconseja defenderse Sarmiento.
“Unidad, unidad, unidad debe ser nuestra divisa”[23] había clamado Simón Bolívar. Pero las
fragmentaciones impulsadas por los proyectos imperiales a partir de la “emancipación”
se consolidaron por medio de los grupos oligárquicos y las clases acomodadas
locales que obtenían prebendas de las alianzas “bilaterales” con las
metrópolis, en detrimento de las posibilidades de integrarse como un
país-continente verdaderamente autónomo[24].
El clamor de Simón
Bolívar, la realidad de oídos sordos para con él, y Sarmiento que antes de ser
representante de las ideas dominantes se reconocía minoría, nos llevan de nuevo
a Weber. Desde su noción de individuo
con voluntad y conciencia como átomo y sujeto protagónico de los social,
despliega una interpretación alternativa a la teoría marxista en lo relativo al
capitalismo[25]. Basándose
en la matriz jurídico política liberal, Weber desarrolla una crítica
sistemática y abarcadora al pensamiento de Marx a partir de sus trabajos
elaborados en los primeros años del siglo XX[26]:
entre los que destacan el ya citado “La ética protestante y el espíritu del
capitalismo”. Básicamente plantea que las diferentes formas sociales no son
otra cosa que desarrollos y
entrelazamientos de acciones individuales, ya que sólo los individuos pueden
ejercer una acción con sentido.[27]
He aquí otra afirmación que a primera
vista suena verosímil. No obstante la pregunta primordial debiera ser “¿y por
qué esos individuos actúan de tal o cual manera, o toman tales o cuales
decisiones? Su tesis afirma que las conexiones entre la ética racional del
protestantismo ascético y el espíritu del capitalismo como guías de la acción
individual permitieron, en las sociedades occidentales, las articulaciones
económicas y de sentido para el desarrollo de la economía capitalista racional.
Tales conexiones aparecen como uno de
los aspectos causales y que sería erróneo reemplazar las interpretaciones
unívocamente económicas típicas del marxismo por otra que también unívocamente
sitúe las relaciones causales en el factor religioso-racional.[28] En definitiva Weber, si acaso no aspira a
impugnar al marxismo, al menos pretende ponerlo en duda aprovechando que es más
fácil atacar la opinión ajena que defender la propia. La afirmación de que es
imposible establecer leyes en el campo de las ciencias sociales e históricas no
impide a Weber señalar ciertas tendencias de las sociedades modernas hacia una
creciente racionalización. Y, como
señala Marcuse[29], hace
coincidir la racionalidad con el capitalismo.
Augusto César Sandino expresó “El hombre que de su patria no exige un
palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo oído sino también
creído”.[30]
A nuestro juicio una verdad irrefutable si las hay. Pero al mismo tiempo nos
preguntamos; en el marco del capitalismo, ¿quién escucha a quien no tiene en
donde caerse muerto?
¿Por qué los
maestros festejamos nuestro día el 11 de septiembre en homenaje al “Padre del
aula” e ignoramos la obra de Simón Rodríguez o el pensamiento de Martí? La
respuesta por sencilla no es menos dolorosa; los grandes hechos históricos han
dado siempre lugar a distintas versiones[31]
y la historia la escriben los que ganan.
Luego de la
“emancipación” en América los estados se esbozaron, se formaron y se
consolidaron con acuerdo a lo intereses imperiales (Gran Bretaña primero, EEUU
después). Y claro, decir intereses imperiales es también decir intereses
capitalistas. Es más, desde antes hay testimonio de la lógica con la que se
manejaría el asunto: En México, tras el grito de Dolores pronunciado por
Hidalgo en septiembre de 1.810, ante la radicalización del movimiento
revolucionario, los criollos ricos se
aliaron con los peninsulares para defender sus privilegios amenazados[32].
Las acciones
individuales, resalta Weber, pero resulta que las acciones individuales de una
minoría (y otra vez recuerdo a Sarmiento) se imponen a la mayoría. ¿Cuál será
la justificación? ¿Qué son menos pero más capaces?
Y no, no se trata de
adjudicar al capitalismo la creación de la codicia y sus consecuencias
nefastas. Leyendo la Biblia, en la primera carta a Timoteo (I Timoteo 6:10)
vemos que “el amor al dinero es la raíz
de todos los males”[33]. La
particularidad del capitalismo es haber dotado a la codicia de su carácter
ilimitado. Por la capacidad ilimitada de acumulación. Algo que Simón Rodríguez
llama “sed insaciable de riqueza[34].
Simón Rodríguez
postulaba que “La nueva educación buscará
el aprecio al trabajo y tendrá siempre presente, frente a los principios
capitalistas, que lo importante es el hombre y no la producción”[35]. Lo
cual, ante el trabajo enajenado[36]
de Marx, queda como una expresión de deseo. Del capitalismo no se puede esperar
la buena voluntad con la cual se ponga freno a sí mismo.
Si el capitalismo
fue el cincel que esculpió nuestros estados tras la “emancipación” (siempre con
comillas porque fue pasar de una dependencia a otra), ¿nos puede sorprende que
la educación diste tanto de los ideales que defendía Simón Rodríguez? A los
maestros, ¿nos puede asombrar que sus reclamos sean tan actuales? Cuando
proclama que “Los docentes no deben ser
más ayos mal pagos, puesto que un siervo formaría para la servidumbre”[37] ,
¿cómo no considerarlo un compañero nuestro?
Para Sarmiento, el
magisterio debía están en manos femeninas, ya que sostenía que las mujeres
además de tener un cariño especial por los niños eran sumisas al momento de
defender sus derechos laborales[38].
Por cariño o sumisión sucede que al menos en las escuelas iniciales y primarias
la gran mayoría de los docentes son mujeres.
Apúntese lo
siguiente: Simón Rodríguez predicaba que “La
educación tendrá como tarea esencial el hacer a los hombres sociables y acabar
con el egoísmo y las estructuras de opresión. Ello es tarea del Estado que debe
garantizarles la educación a todos”[39].
Asumimos que cuando Simón Rodríguez atribuye al Estado semejante tarea no
considera al mismo como producto del carácter irreconciliable de las
contradicciones de clase[40],
porque, con todo el respeto y la admiración que nos merece, le estaría pidiendo
peras al olmo.
Louis Althusser
escribió “..., lo que la burguesía pone
en marcha como aparato ideológico de Estado Nº1, y por tanto dominante, el
aparato escolar que reemplazó en sus funciones al antiguo aparato ideológico de
Estado dominante, es decir, la Iglesia. Ningún aparato ideológico de Estado
dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria (y, por si fuera poco,
gratuita...) de formación social capitalista”.[41] En el mismo texto, más adelante,
Althusser pide disculpas a los maestros que en “condiciones espantosas” intentan enseñar, los trata de “especie de
héroes” pero sostiene que la mayoría no tiene ni remota idea del trabajo que el
sistema les obliga a realizar.
Si
maquiavélicamente identificamos al Estado con el Príncipe, es insoslayable recordar
que “un soberano prudente debe imaginar
un método por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en
circunstancia de cualquier índole, una necesidad grandísima de su principado.
Es el medio más seguro de hacérselos fieles para siempre”[42].
Tan semejante a lo que escribe Paulo Freire que cuesta creer que no esté
influenciado: “Los opresores, falsamente
generosos, tienen necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin
de que su “generosidad” continúe teniendo la posibilidad de realizarse”[43].
En otras palabras, el Príncipe debe mantener al pueblo pobre
e ignorante. Pobre, para que siempre necesite la dádiva del Príncipe.
Ignorante, para que no descubra que la causa de su pobreza es el Príncipe. Un Príncipe
así de “prudente” nunca va a avalar la educación que proponía Simón Rodríguez. Más
bien va a avalar y promocionar zonceras como que los maestros trabajamos cuatro
horas y tenemos tres meses de vacaciones.
Embargados por el
pesimismo sabemos que el 11 de septiembre otra vez homenajearemos a Sarmiento.
Pero no sólo por eso sino porque además de pesimistas (o tal vez por eso) somos
suspicaces y entendemos que si cambiaran la fecha no pasaría de lo simbólico.
Como lo fue cambiarle el nombre al “Día de la raza”. Basta con releer las primeras hojas de este
ensayo para comprender que no abrigamos animadversión contra Sarmiento. Que sus ideas finalmente se
impusieran no fue un acto de taumaturgia de su parte. Nuestro pesimismo no
obedece a una fecha, obvio, sino a ser testigos de que todavía se siguen
alimentando los mitos que denuncia Paulo Freire "...aquellos mitos indispensables para el mantenimiento del status
quo... El mito, por ejemplo, de que el orden opresor es un orden de libertad.
De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el
patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este
"orden" respeta los derechos de la persona humana y que, por lo
tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser
empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre
que vende por las calles, gritando "dulce de banana y guayaba" es un
empresario tanto cuanto lo es el dueño de una gran fábrica[44]”.
Si el discurso
oficial sin pudor sigue postulando “a cada cual lo que se merece” en lugar de
“a cada cual lo que necesita”, y se lustra hasta sacarle el mejor brillo aquel
postulado liberal de “igualdad de oportunidades” seguirá nuestro pesimismo.
Proclamar como un remedio mágico la “igualdad de oportunidades” niega una
realidad (o encubre una mentira). Aun suponiendo
que tal igualdad pudiera llevarse a la práctica, la escala social en el
capitalismo seguiría teniendo forma de pirámide. No se puede emparejar para
arriba. Si todos fuésemos obscenamente ricos como para tener sirvientes...
¿quiénes serían nuestros sirvientes? ¿Quiénes trabajarían para que nos
apropiemos de la plusvalía si nadie tiene que vender su fuerza de trabajo?
Jauretche escribió
que la capacidad de graduarse está dada por el aguante del bolsillo paterno más
que por la calidad del estudiante, pues no hay burro que no se gradúe si el
padre tiene lomo suficiente para aguantarlo[45].
En cambio, centenares de miles de aptitudes se pierden por falta de medios
económicos. Si los profetas de “la igualdad de oportunidades” vieran peligrar
sus privilegios ante el acceso de esas aptitudes a la educación, ¿cómo
reaccionarían? ¿Cómo los criollos ricos en Méjico tras el grito de Dolores?
Para ir terminando,
una vez más recordamos que las ideas europeizantes de Sarmiento pasaron de
pertenecer a una minoría a imponerse como dominantes. Según nuestra
interpretación eso sucedió, entre otras causas[46],
porque eran funcionales al capitalismo-imperialismo que veía en la América
recientemente emancipada de España un codiciable trofeo. Para ilustrarlo,
burdamente si se quiere, no imaginamos a Juan Manuel de Rosas auspiciando un
pacto Roca-Runciman[47]
(aunque murió en Inglaterra con todo lo que eso puede suponer). Esas ideas
europeizantes que terminan siendo dominantes, y que como conjunto dan origen al
término colonización pedagógica son así entonces un medio para un fin. De
similar forma (casi idéntica diríamos) que las clases dominante se esmeran por imponer
su ideología para seguir siendo tales. La práctica de la colonización
pedagógica comprende tres instancias: el sistema conceptual es decir los
conceptos que importamos sin pasar por nuestras propias interpretaciones, los
aparatos de difusión, diarios, revistas, escuelas, universidades y los
beneficios de la colonización[48].
Vamos a tomar como
ejemplo a los diarios. Nos preguntamos; ¿cómo bregar por la descolonización sin
que desde los intereses de los diarios se amparen en la democracia para
defender que son libres de publicar lo que quieren invocando la libertad de
prensa? Y una pregunta más para la nos permitimos “inventar” una palabra; ¿quién tiene el
descolonizadorómetro para medir si esa brega está, primero, bien intencionada,
y segundo, bien encaminada?
[1] Weber
Max “Alemania entre las grande potencias europeas”, citado por Alcira Argumedo
en Los silencios y las voces en América Latina. Ediciones del pensamiento
nacional Pág.44
[2]
Sarmiento Domingo F. De la educación popular. Editorial Del Nuevo extreme
pág.25 negrita añadida.
[3]
Wainsztok Carla, Pedagogía y autonomía en Simón Rodríguez Pág.7
[4] Cuaderno
de educación 46 Simón Rodríguez un apasionado de la educación Pág.108
[5] Marx
Karl, El Capital. Tomo I Editorial Siglo xxI
[6]
Luxemburgo Rosa: Crítica de la Revolución Rusa, Buenos Aires, La Rosa Blindada
1969. Citado por Alcira Argumedo ob. cit. pág. 51
[8]
Nietzsche Federico, Humano demasiado humano. Bureau editor 2.000. Pág.19
[9]
Nietzsche Federico Ob. cit. Pág.47
[10]
Jauretche Arturo, Manual de zonceras argentinas Corregidos Buenos Aires 2002.
Pág.14
[11]
Scalabrini Ortiz Raúl. Política británica en el Río de la Plata. Citado por
Alcira Argumedo Ob. Cit. Pág. 175
[12]
Argumedo Alcira ob. cit. Pág. 99
[13]
Nietzsche Federico Ob. cit. pág. 30
[14] Citado
por Alcira Argumedo Ob. cit. pág. 168.
[15] Sarmiento Domiengo F. La educación popular
pág. 28
[16]
Jauretche, Arturo, Los profetas del odio, La yapa, la colonización pedagógica
Peña libro edito. Buenos Aires 1992. Pág. 148
[17] Martí
José “Nuestra América” en Martí y la primera revolución cubana. Citado por
Alcira Argumedo ob. cit. pág. 46.
[18]
Sarmiento Domingo Faustino Ob.cti pág. 29
[19] Cuadernos de educación Ob. cit. Pág. 130.
[20] Martí José “Nuestra América” Citado por
Alcira Argumedo ob. cit. Pág.46
[22]
Argumedo Alcira Ob. cit. Pág.49
[23]
Bolívar, Simón: Escritos políticos, Madrid, Alianza, 1971. Citado por Alcira
Argumedo Ob. cit. pág. 30.
[24]
Argumedo Alcira Ob. cit pág. 159
[25]
Argumedo Alcira Ob.cit, Pág. 111
[26]
Argumedo Alcira Ob. cit. pág. 110
[27] Ídem.
[28] ídem.
[29] Citado
por Alcira Argumedo Ob. cit. Pág. 115.
[30] Sandino
Cesar Augusto: en Hispanoamérica en lucha pos su independencia, México,
Cuadernos Americanos, 1962, Citado por Alcira Argumedo Ob. cit. Pág. 62.
[31]
Feimann, José Pablo: Filosofía y Nacón. Buenos Aires, Legasa. 1984 Citado por
Alcira Argumedo Ob. cit Pág. 135.
[32]
Argumedo Alcira Ob. cit Pág. 34
[34]
Rodríguez Simón Pedagogía y emancipación.
[35]
Cuadernos de la educación Ob. cit. Pág. 149
[37]
Rodríguez Simón, Pedagogía y emancipación.
[38] Ídem.
[39]
Cuadernos de educación Ob. cit. Pág. 131
[40] Lenin
V. I El Estado y la revolución capítulo I http://www.mabelthwaitesrey.com.ar/wp-content/uploads/Lenin-El-estado-y-la-revoluci%C3%B3n.pdf
[41]
Althusser Louis Ideología y aparatos ideológicos de estado Nueva Visión 1988.
[42]
Maquiavelo Nicolás El príncipe Capítulo IX
http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/maquiavelo/maquiavelo_elprincipe.htm
[43] Freire Paulo Pedagogía del oprimido Siglo XXi
Bs As. 2002 Pág.33
[44] Freire,
Paulo pedagogía del oprimido Siglo XXI Bs. As. 2002
[45]
Jauretche Arturo Los profetas del odio, Ob. cit. Pág. 190
[46] En
sociología no se reduce todo a una única causa, es un recorte para el análisis.
[47] El 1º
de mayo de 1933 se firma el tratado Roca-Runciman, por el cual Inglaterra se comprometía
a continuar comprando carnes argentinas en tanto y en cuanto su precio fuera
menor al de los demás proveedores mundiales. Como contrapartida, Argentina
aceptó la liberación de impuestos para productos ingleses al mismo tiempo que
tomó el compromiso de no habilitar frigoríficos de capitales nacionales.
Paralelamente se creó el Banco Central de la República Argentina con
competencias para emitir billetes y regular las tasas de interés bajo la
conducción de un directorio con fuerte composición de funcionarios del Imperio
Británico. No obstante todas estas concesiones, se le adjudicó además a
Inglaterra el monopolio de los transportes de Buenos Aires. http://www.elortiba.org/pactorr.html#Hab%C3%ADa_una_vez_una_oligarqu%C3%ADa
[48]
Wainstock, Carla Jauretche y Freire. En busca de una pedagogía Latinoamericana
en Cuadernos para la emancipación Nº4
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