viernes, 7 de marzo de 2014

Sarmiento padre del aula y otras zonceras

“No hay absurdo que no haya sido apoyado por algún filósofo” (Marco Tulio Cicerón).
  Esta sentencia, recordada al leer cómo Max Weber justifica la “Gran Guerra”[1]“...debíamos arriesgar esta guerra... Lo imponía el honor de nuestro patrimonio étnico-cultural.”, nos pone en alerta. Si bien podemos asumir que tal justificación la hace desde un rol político, influenciado por condicionamientos coyunturales, el peso de un discurso es inescindible de la personalidad, y por qué no, de la reputación de quien lo emite. A nuestro entender, a menudo es más importante el emisor que el mensaje en sí pues éste último, amén de sus cualidades intrínsecas, suele encontrar eco o no dependiendo de quien provenga. Claro está que no todo acaba ahí. También hay que considerar hacia quien va dirigido y el contexto. Pero estas dos condiciones, a su vez, nos remiten nuevamente al emisor, son las que lo convierten o no en digno de ser considerado. ¿Confuso? Permítasenos intentar aclarar con un ejemplo:
   Sarmiento, inmortalizado como “Padre del aula”, considera que “...los Estados Sud Americanos pertenecen a una raza que figura en última línea entre los pueblos civilizados” propone a la educación pública como un modo de defenderse de las masas que no están tan dispuestas al respeto de la vida y la propiedad[2].  Por su parte, Simón Rodríguez denuncia  que “Los Doctores Americanos no advierten que deben su ciencia a los indios y a los negros: porque si los Señores Doctores hubieran tenido que arar, sembrar, recoger...no sabrían tanto... estarían en los campos y serían tan brutos como sus esclavos[3].
   Sarmiento utiliza el término “raza” y de esta forma naturaliza las características que atribuye a las “masas”. Simón Rodríguez remarca la que diferencia entre los “Doctores” y sus esclavos no es una cuestión biológica. Y aunque a la luz del presente se nos haga fácil elegir con cuál de los dos coincidir, la Historia testimonia cual fue la idea que se impuso. El contexto, los receptores del mensaje, elevaron a sarmiento a la calidad de digno de ser escuchado. Simón Rodríguez, en cambio, fue ignorado y hasta censurado[4].    
   Recapitulando, priorizamos la importancia del emisor, y no porque éste posea cualidad inherentes que le confieran credibilidad y poder de persuasión.  Como analogía pertinente se nos ocurre apelar a El carácter fetichista de la mercancía y su secreto[5], en donde Marx nos explica que el carácter que distingue a la mercancía  no se debe a una propiedad inmanente de la misma sino a una relación social  “...todavía no hay químico que haya descubierto en la perla o el diamante el valor de cambio”.

 Esta relación (emisor-receptor-contexto) es para nosotros una herramienta analítica fundamental. Nos auxilia en procura de no caer en un subjetivismo voluntarista que reduce todo proceso histórico al resultado de las acciones individuales de algunos hombres (verbigracia los inmortalizados próceres). Pero de igual manera nos  aleja de un exceso de objetivismo que nos gusta ejemplificar con  la frase “Las revoluciones no se hacen: llegan” (W. Phillips), toda una invitación a la inacción. No creemos que cuando Rosa Luxemburgo escribía “El poder caerá en el regazo del proletariado como un fruto maduro”[6]  insinuaba que había que esperar sentado.
   Retomando la justificación de Weber con la que comenzamos, y respecto de entenderlo en un rol político cabe una aclaración. No creemos en una ciencia libre de ideología. Por tanto no creemos que Weber  haya hecho esa justificación de la Gran Guerra  desde su ideología y que, en cambio, cuando escribió “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” se despejó de la misma para ejercer una ciencia “neutral”. ¿No podría, acaso, la Astronomía presumir de ser, en la odiosa comparación, más “objetiva” que su hermana más joven la Sociología? Y sin embargo, los contemporáneos de Galileo Galilei que lo impugnaban no lo hacían contra la ciencia sino desde ella. Y si vamos a un caso más extremo (más transparente también), los fisiócratas[7] se reivindicaban científicos y aunque hoy se nos haga evidente qué intereses defendían de ninguna manera podemos asumir que lo de ellos fuera una mascarada o una falsedad premeditada. Sólo miente quien sabe que miente. Quien cree en las ideas que postula, por más que luego éstas sean refutadas, no merece ser apostrofado de mendaz.
    A propósito de la comparación entre Sarmiento y Simón Rodríguez, y aun admitiendo que nos simpatiza más el segundo, en principio no somos partidarios de dividir a los personajes históricos en buenos y malos. No compartimos ese revisionismo condenatorio que juzga desde el presente las acciones del pasado como si los valores fueran inmutables. Adherimos a Nietzsche en que “no existen hechos eternos ni verdades absolutas”[8]  y en que “La maldad es rara. La mayor parte de los hombres están harto ocupados en sí mismos para ser malvados”[9].  Asimismo tenemos en cuenta la referencia de Jauretche a la historia “cuya falsificación tiene también por objetivo una zoncera: presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre “santos y diablos”, con lo que los actores dejan de ser hombres para convertirse en bronces y mármoles intangible”[10].   
   Dijimos que la sentencia de Cicerón nos ponía en alerta. Lo de Weber fue apenas un ejemplo pero no agota el asunto. A la hora de ponernos a escribir, muchas de nuestras ideas se argumentan desde la sapiencia que atribuimos a tal o cual economista, pensador, filósofo, etc. (como recién lo hicimos con Nietzsche). ¿Cómo poder estar seguros de que entre todos los autores que citamos en defensa de nuestras ideas no hay uno, o varios, que en realidad lo que hacen es apoyar un absurdo? Y la única respuesta que nos sale nace del bagaje del conocimiento popular: “A seguro se lo llevaron preso”. Estar alertas es simplemente eso; estar alertas. No vamos a conducirnos con la duda sistemática de Descartes ni vamos a partir de negar el conocimiento como Sócrates.  De hecho nos preguntamos cómo sería posible llevar a cabo la propuesta de Raúl Scalabrini Ortiz de “...exigirse una virginidad mental a toda costa...”[11] .
     No son pocas las posturas intelectuales que suenan bien y lucen verosímiles hasta que se las contrasta con otras. Desde la matriz de pensamiento filosófica-jurídica liberal se sostiene que la razón, en tanto atributo de la naturaleza humana universal, es el árbitro absoluto que determina la veracidad y legitimidad del conocimiento, operando como único criterio de verdad.[12] Sucede que esta afirmación pretenciosa y altisonante choca contra lo que Nietzsche denomina “Malos hábitos del razonamiento”: Una opinión es benéfica, luego es verdadera; su efecto es bueno, luego la opinión misma es buena y verdadera.[13]
       Hechas estas consideraciones, a nuestro juicio indispensables, sigamos adelante.
   El “Padre del aula”, Domingo Faustino Sarmiento, le escribió una carta al encargado de negocios de Su Majestad Británica, a quien solicitaba  ayuda para derrocar a Juan Manuel de Rosas. Del texto de la carta destacamos “Pertenezco al corto número de habitantes de América del Sur que no abriga prevención alguna contra la influencia europea en esta parte del mundo”.[14] De la lectura de este fragmento nos surge al menos dos reflexiones: 1) Sarmiento reconoce que en ese momento los que pensaban como él eran minoría. 2) Sarmiento siempre miro con ojos deslumbrados la cultura europea (salvo a España[15]) y con desdén a la americana.
    También surgen algunas preguntas: ¿Cómo es que esa minoría se vuelve mayoría y por qué? Años después tenemos a Jauretche explicando  que “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna... Se intentó crear Europa En América trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser obstáculo...”[16] Es decir, el sueño de Sarmiento hecho realidad, y en contraste, la pesadilla de Martí cristalizada. Martí que había expresado “El buen gobernante de América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés sino el que sabe con qué elementos está hecho su país”-[17] . Como todos sabemos, Sarmiento alcanzó la presidencia de Argentina. Podemos saber también con qué elementos prefería contar. “Los ingleses, franceses y holandeses en Norteamérica, no establecieron mancomunidad ninguna con los aborígenes..., se encontraron compuestos de las razas europeas puras, con sus tradiciones de civilización cristiana y europeas intactas...”[18] No parece casual (amén de la cronología) que Simón Rodríguez expusiera que “La sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos, son dos enemigos de la Libertad de pensar, en América”[19].
    Para Martí  “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”[20] y cuentan que Sarmiento escribió “Bárbaros, las ideas no se matan”, frase de un tal Constantino Volney[21]. ¡Vaya una coincidencia desde las antípodas! Ambos estaban convencidos de la importancia de las ideas... Claro, en lo que no coincidían era en las ideas mismas.
   Más con la espada que con la pluma y la palabra, entre 1860 y 1880 en Argentina se logra consolidar un régimen republicano con aspiraciones modernizantes articulado con los intereses neocoloniales de Inglaterra y fuertemente excluyente de las mayorías sociales[22]. Se aplicó una política de exterminio contra todos aquellos que obstaculizaban la europeización de Argentina (indios y  gauchos en particular), es decir, “la barbarie”. Un Estado en cuya formación no vemos algo de aquella concepción imaginaria de Hobbes, salvo que tomemos como Leviatán a las “masas ignorantes” de las cuales aconseja defenderse Sarmiento.
  “Unidad, unidad, unidad debe ser nuestra divisa”[23]  había clamado Simón Bolívar. Pero las fragmentaciones impulsadas por los proyectos imperiales a partir de la “emancipación” se consolidaron por medio de los grupos oligárquicos y las clases acomodadas locales que obtenían prebendas de las alianzas “bilaterales” con las metrópolis, en detrimento de las posibilidades de integrarse como un país-continente verdaderamente autónomo[24].
   El clamor de Simón Bolívar, la realidad de oídos sordos para con él, y Sarmiento que antes de ser representante de las ideas dominantes se reconocía minoría, nos llevan de nuevo a Weber.  Desde su noción de individuo con voluntad y conciencia como átomo y sujeto protagónico de los social, despliega una interpretación alternativa a la teoría marxista en lo relativo al capitalismo[25]. Basándose en la matriz jurídico política liberal, Weber desarrolla una crítica sistemática y abarcadora al pensamiento de Marx a partir de sus trabajos elaborados en los primeros años del siglo XX[26]: entre los que destacan el ya citado “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Básicamente plantea que las diferentes formas sociales no son otra cosa que desarrollos  y entrelazamientos de acciones individuales, ya que sólo los individuos pueden ejercer una acción con sentido.[27]   He aquí otra afirmación que a primera vista suena verosímil. No obstante la pregunta primordial debiera ser “¿y por qué esos individuos actúan de tal o cual manera, o toman tales o cuales decisiones? Su tesis afirma que las conexiones entre la ética racional del protestantismo ascético y el espíritu del capitalismo como guías de la acción individual permitieron, en las sociedades occidentales, las articulaciones económicas y de sentido para el desarrollo de la economía capitalista racional. Tales  conexiones aparecen como uno de los aspectos causales y que sería erróneo reemplazar las interpretaciones unívocamente económicas típicas del marxismo por otra que también unívocamente sitúe las relaciones causales en el factor religioso-racional.[28]  En definitiva Weber, si acaso no aspira a impugnar al marxismo, al menos pretende ponerlo en duda aprovechando que es más fácil atacar la opinión ajena que defender la propia. La afirmación de que es imposible establecer leyes en el campo de las ciencias sociales e históricas no impide a Weber señalar ciertas tendencias de las sociedades modernas hacia una creciente racionalización.  Y, como señala Marcuse[29], hace coincidir la racionalidad con el capitalismo.
    Augusto César Sandino expresó “El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo oído sino también creído”.[30] A nuestro juicio una verdad irrefutable si las hay. Pero al mismo tiempo nos preguntamos; en el marco del capitalismo, ¿quién escucha a quien no tiene en donde caerse muerto?
   ¿Por qué los maestros festejamos nuestro día el 11 de septiembre en homenaje al “Padre del aula” e ignoramos la obra de Simón Rodríguez o el pensamiento de Martí? La respuesta por sencilla no es menos dolorosa; los grandes hechos históricos han dado siempre lugar a distintas versiones[31]  y la historia la escriben los que ganan.
   Luego de la “emancipación” en América los estados se esbozaron, se formaron y se consolidaron con acuerdo a lo intereses imperiales (Gran Bretaña primero, EEUU después). Y claro, decir intereses imperiales es también decir intereses capitalistas. Es más, desde antes hay testimonio de la lógica con la que se manejaría el asunto: En México, tras el grito de Dolores pronunciado por Hidalgo en septiembre de 1.810, ante la radicalización del movimiento revolucionario, los  criollos ricos se aliaron con los peninsulares para defender sus privilegios amenazados[32].
   Las acciones individuales, resalta Weber, pero resulta que las acciones individuales de una minoría (y otra vez recuerdo a Sarmiento) se imponen a la mayoría. ¿Cuál será la justificación? ¿Qué son menos pero más capaces?
   Y no, no se trata de adjudicar al capitalismo la creación de la codicia y sus consecuencias nefastas. Leyendo la Biblia, en la primera carta a Timoteo (I Timoteo 6:10) vemos que “el amor al dinero es la raíz de todos los males”[33]. La particularidad del capitalismo es haber dotado a la codicia de su carácter ilimitado. Por la capacidad ilimitada de acumulación. Algo que Simón Rodríguez llama “sed insaciable de riqueza[34].
   Simón Rodríguez postulaba que “La nueva educación buscará el aprecio al trabajo y tendrá siempre presente, frente a los principios capitalistas, que lo importante es el hombre y no la producción”[35]. Lo cual, ante el trabajo enajenado[36] de Marx, queda como una expresión de deseo. Del capitalismo no se puede esperar la buena voluntad con la cual se ponga freno a sí mismo.
    Si el capitalismo fue el cincel que esculpió nuestros estados tras la “emancipación” (siempre con comillas porque fue pasar de una dependencia a otra), ¿nos puede sorprende que la educación diste tanto de los ideales que defendía Simón Rodríguez? A los maestros, ¿nos puede asombrar que sus reclamos sean tan actuales? Cuando proclama que “Los docentes no deben ser más ayos mal pagos, puesto que un siervo formaría para la servidumbre”[37] , ¿cómo no considerarlo un compañero nuestro?
   Para Sarmiento, el magisterio debía están en manos femeninas, ya que sostenía que las mujeres además de tener un cariño especial por los niños eran sumisas al momento de defender sus derechos laborales[38]. Por cariño o sumisión sucede que al menos en las escuelas iniciales y primarias la gran mayoría de los docentes son mujeres.
   Apúntese lo siguiente: Simón Rodríguez predicaba que “La educación tendrá como tarea esencial el hacer a los hombres sociables y acabar con el egoísmo y las estructuras de opresión. Ello es tarea del Estado que debe garantizarles la educación a todos”[39]. Asumimos que cuando Simón Rodríguez atribuye al Estado semejante tarea no considera al mismo como producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase[40], porque, con todo el respeto y la admiración que nos merece, le estaría pidiendo peras al olmo.  
   Louis Althusser escribió “..., lo que la burguesía pone en marcha como aparato ideológico de Estado Nº1, y por tanto dominante, el aparato escolar que reemplazó en sus funciones al antiguo aparato ideológico de Estado dominante, es decir, la Iglesia. Ningún aparato ideológico de Estado dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria (y, por si fuera poco, gratuita...) de formación social capitalista”.[41]  En el mismo texto, más adelante, Althusser pide disculpas a los maestros que en “condiciones espantosas” intentan enseñar, los trata de “especie de héroes” pero sostiene que la mayoría no tiene ni remota idea del trabajo que el sistema les obliga a realizar.
    Si maquiavélicamente identificamos al Estado con el Príncipe, es insoslayable recordar que “un soberano prudente debe imaginar un método por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en circunstancia de cualquier índole, una necesidad grandísima de su principado. Es el medio más seguro de hacérselos fieles para siempre”[42]. Tan semejante a lo que escribe Paulo Freire que cuesta creer que no esté influenciado: “Los opresores, falsamente generosos, tienen necesidad de que la situación de injusticia permanezca a fin de que su “generosidad” continúe teniendo la posibilidad de realizarse”[43].
    En otras palabras, el Príncipe debe mantener al pueblo pobre e ignorante. Pobre, para que siempre necesite la dádiva del Príncipe. Ignorante, para que no descubra que la causa de su pobreza es el Príncipe. Un Príncipe así de “prudente” nunca va a avalar la educación que proponía Simón Rodríguez. Más bien va a avalar y promocionar zonceras como que los maestros trabajamos cuatro horas y tenemos tres meses de vacaciones.
   Embargados por el pesimismo sabemos que el 11 de septiembre otra vez homenajearemos a Sarmiento. Pero no sólo por eso sino porque además de pesimistas (o tal vez por eso) somos suspicaces y entendemos que si cambiaran la fecha no pasaría de lo simbólico. Como lo fue cambiarle el nombre al “Día de la raza”.  Basta con releer las primeras hojas de este ensayo para comprender que no abrigamos animadversión  contra Sarmiento. Que sus ideas finalmente se impusieran no fue un acto de taumaturgia de su parte. Nuestro pesimismo no obedece a una fecha, obvio, sino a ser testigos de que todavía se siguen alimentando los mitos que denuncia Paulo Freire "...aquellos mitos indispensables para el mantenimiento del status quo... El mito, por ejemplo, de que el orden opresor es un orden de libertad. De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este "orden" respeta los derechos de la persona humana y que, por lo tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre que vende por las calles, gritando "dulce de banana y guayaba" es un empresario tanto cuanto lo es el dueño de una gran fábrica[44]”.
   Si el discurso oficial sin pudor sigue postulando “a cada cual lo que se merece” en lugar de “a cada cual lo que necesita”, y se lustra hasta sacarle el mejor brillo aquel postulado liberal de “igualdad de oportunidades” seguirá nuestro pesimismo. Proclamar como un remedio mágico la “igualdad de oportunidades” niega una realidad (o encubre una mentira).  Aun suponiendo que tal igualdad pudiera llevarse a la práctica, la escala social en el capitalismo seguiría teniendo forma de pirámide. No se puede emparejar para arriba. Si todos fuésemos obscenamente ricos como para tener sirvientes... ¿quiénes serían nuestros sirvientes? ¿Quiénes trabajarían para que nos apropiemos de la plusvalía si nadie tiene que vender su fuerza de trabajo?
    Jauretche escribió que la capacidad de graduarse está dada por el aguante del bolsillo paterno más que por la calidad del estudiante, pues no hay burro que no se gradúe si el padre tiene lomo suficiente para aguantarlo[45]. En cambio, centenares de miles de aptitudes se pierden por falta de medios económicos. Si los profetas de “la igualdad de oportunidades” vieran peligrar sus privilegios ante el acceso de esas aptitudes a la educación, ¿cómo reaccionarían? ¿Cómo los criollos ricos en Méjico tras el grito de Dolores?
    Para ir terminando, una vez más recordamos que las ideas europeizantes de Sarmiento pasaron de pertenecer a una minoría a imponerse como dominantes. Según nuestra interpretación eso sucedió, entre otras causas[46], porque eran funcionales al capitalismo-imperialismo que veía en la América recientemente emancipada de España un codiciable trofeo. Para ilustrarlo, burdamente si se quiere, no imaginamos a Juan Manuel de Rosas auspiciando un pacto Roca-Runciman[47] (aunque murió en Inglaterra con todo lo que eso puede suponer). Esas ideas europeizantes que terminan siendo dominantes, y que como conjunto dan origen al término colonización pedagógica son así entonces un medio para un fin. De similar forma (casi idéntica diríamos) que las clases dominante se esmeran por imponer su ideología para seguir siendo tales. La práctica de la colonización pedagógica comprende tres instancias: el sistema conceptual es decir los conceptos que importamos sin pasar por nuestras propias interpretaciones, los aparatos de difusión, diarios, revistas, escuelas, universidades y los beneficios de la colonización[48].
    Vamos a tomar como ejemplo a los diarios. Nos preguntamos; ¿cómo bregar por la descolonización sin que desde los intereses de los diarios se amparen en la democracia para defender que son libres de publicar lo que quieren invocando la libertad de prensa? Y una pregunta más para la nos permitimos  “inventar” una palabra; ¿quién tiene el descolonizadorómetro para medir si esa brega está, primero, bien intencionada, y segundo, bien  encaminada?



[1] Weber Max “Alemania entre las grande potencias europeas”, citado por Alcira Argumedo en Los silencios y las voces en América Latina. Ediciones del pensamiento nacional Pág.44
[2] Sarmiento Domingo F. De la educación popular. Editorial Del Nuevo extreme pág.25 negrita añadida.
[3] Wainsztok Carla, Pedagogía y autonomía en Simón Rodríguez Pág.7
[4] Cuaderno de educación 46 Simón Rodríguez un apasionado de la educación Pág.108
[5] Marx Karl, El Capital. Tomo I Editorial Siglo xxI
[6] Luxemburgo Rosa: Crítica de la Revolución Rusa, Buenos Aires, La Rosa Blindada 1969. Citado por Alcira Argumedo ob. cit. pág. 51
[8] Nietzsche Federico, Humano demasiado humano. Bureau editor 2.000. Pág.19
[9] Nietzsche Federico Ob. cit. Pág.47
[10] Jauretche Arturo, Manual de zonceras argentinas Corregidos Buenos Aires 2002. Pág.14
[11] Scalabrini Ortiz Raúl. Política británica en el Río de la Plata. Citado por Alcira Argumedo Ob. Cit. Pág. 175 
[12] Argumedo Alcira ob. cit. Pág. 99
[13] Nietzsche Federico Ob. cit. pág. 30
[14] Citado por Alcira Argumedo Ob. cit. pág. 168.
[15]  Sarmiento Domiengo F. La educación popular pág. 28
[16] Jauretche, Arturo, Los profetas del odio, La yapa, la colonización pedagógica Peña libro edito. Buenos Aires 1992. Pág. 148
[17] Martí José “Nuestra América” en Martí y la primera revolución cubana. Citado por Alcira Argumedo ob. cit. pág. 46.
[18] Sarmiento Domingo Faustino Ob.cti pág. 29
[19]  Cuadernos de educación Ob. cit. Pág. 130.
[20]  Martí José “Nuestra América” Citado por Alcira Argumedo ob. cit. Pág.46
[22] Argumedo Alcira Ob. cit. Pág.49
[23] Bolívar, Simón: Escritos políticos, Madrid, Alianza, 1971. Citado por Alcira Argumedo Ob. cit. pág. 30.
[24] Argumedo Alcira Ob. cit pág. 159
[25] Argumedo Alcira Ob.cit, Pág. 111
[26] Argumedo Alcira Ob. cit. pág. 110
[27] Ídem.
[28] ídem.
[29] Citado por Alcira Argumedo Ob. cit. Pág. 115.
[30] Sandino Cesar Augusto: en Hispanoamérica en lucha pos su independencia, México, Cuadernos Americanos, 1962, Citado por Alcira Argumedo Ob. cit. Pág. 62.
[31] Feimann, José Pablo: Filosofía y Nacón. Buenos Aires, Legasa. 1984 Citado por Alcira Argumedo Ob. cit Pág. 135.
[32] Argumedo Alcira Ob. cit Pág. 34
[34] Rodríguez Simón Pedagogía y emancipación.
[35] Cuadernos de la educación Ob. cit. Pág. 149
[37] Rodríguez Simón, Pedagogía y emancipación.
[38] Ídem.
[39] Cuadernos de educación Ob. cit. Pág. 131
[41] Althusser Louis Ideología y aparatos ideológicos de estado Nueva Visión 1988.
[43]  Freire Paulo Pedagogía del oprimido Siglo XXi Bs As. 2002 Pág.33
[44] Freire, Paulo pedagogía del oprimido Siglo XXI Bs. As. 2002
[45] Jauretche Arturo Los profetas del odio, Ob. cit. Pág. 190
[46] En sociología no se reduce todo a una única causa, es un recorte para el análisis.
[47] El 1º de mayo de 1933 se firma el tratado Roca-Runciman, por el cual Inglaterra se comprometía a continuar comprando carnes argentinas en tanto y en cuanto su precio fuera menor al de los demás proveedores mundiales. Como contrapartida, Argentina aceptó la liberación de impuestos para productos ingleses al mismo tiempo que tomó el compromiso de no habilitar frigoríficos de capitales nacionales. Paralelamente se creó el Banco Central de la República Argentina con competencias para emitir billetes y regular las tasas de interés bajo la conducción de un directorio con fuerte composición de funcionarios del Imperio Británico. No obstante todas estas concesiones, se le adjudicó además a Inglaterra el monopolio de los transportes de Buenos Aires. http://www.elortiba.org/pactorr.html#Hab%C3%ADa_una_vez_una_oligarqu%C3%ADa

[48] Wainstock, Carla Jauretche y Freire. En busca de una pedagogía Latinoamericana en Cuadernos para la emancipación Nº4

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