jueves, 6 de agosto de 2015

Anexo

 Somero resumen de una larga y pesada historia
    Sólo a título ilustrativo tengamos en cuenta que entre 1984 y 1988 se realizaron pagos en concepto de capital e intereses de la deuda externa por aproximadamente 40 mil millones de dólares. Esa deuda que entre 1975 y 1983 había crecido de 7.721 a 45.920 millones de dólares. Pagos solventados principalmente por una combinación de nuevo financiamiento externo, refinanciación de deudas previas, caída en las reservas internacionales y afectación a los recursos públicos[i]. En 1987 el déficit corriente del balance de pagos superó los 4.200 millones de dólares[ii]. Esta espada de Damocles cerniéndose sobre toda la economía argentina hizo estragos en el salario real de los trabajadores.
    A la hora de explicar el referido déficit, además de la importancia de las sumas requeridas para el pago de intereses y amortizaciones de la deuda externa, debemos considerar los cuantiosos recursos públicos destinados a los múltiples mecanismos de transferencia de éstos hacia el capital concentrado local. El enfrentamiento por la apropiación de los mismos entre los principales grupos económicos de nuestro país y los acreedores externos condujo a un creciente proceso de insolvencia fiscal que desembocó en los dos procesos hiperinflacionarios de finales de los años ochenta y principios de los noventa[iii].
       La hiperinflación que había actuado como disciplinante social posibilitó que se tomaran una serie de medidas económicas que de otra forma hubieran enfrentado mayor resistencia. Privatización de las empresas estatales, profundización de la apertura externa, desregulación de amplios sectores de la actividad económica y la liberalización del sistema financiero. Políticas acordes con el denominado “Consenso de Washington” que permitieron superar la puja por la distribución del excedente registrada en los ´80 entre el capital concentrado local y los acreedores internacionales.
    Este modelo, altamente dependiente de la entrada de capital extranjero, comenzó a dar signos  de debilidad. Las causas principales fueron la reversión de las condiciones  favorables imperantes en la economía mundial en la primera mitad de la década así como el acelerado endeudamiento externo. Es insoslayable que, ante la imposibilidad de emitir moneda sin respaldo por la “Ley de convertibilidad”, el déficit se costeaba con deuda externa.
      Con respecto al mercado labor, la sobrevaluación del peso y la apertura económica se combinaron para que importación de bienes de capital resultara más redituable que la contratación de mano de obra. Al mismo tiempo, muchas empresas manufactureras locales se vieron imposibilitados de competir con los productos importados con su consecuente cese de actividades.  Este proceso se profundizó a partir de 1993 cuando la reducción de la demanda de mano de obra condujo a un incremento significativo en el nivel de desempleo que en 1995 alcanzó un 17,5 por ciento.
    Parte de la estrategia oficial antiinflacionaria se centró en el control de salarios. Se regularon loas negociaciones colectivas limitando los aumentos salariales a los incrementos de productividad, prohibiendo la traslación de dichos incrementos a los precios. Tras la moderada recuperación salarial, producto de salir de la hiperinflación, los elevados niveles de desempleo condujeron a una reducción de los salarios reales. Las sucesivas reformas laborales vinieron a convalidar y darle un marco legal a una situación de hecho, alentando una mayor explotación de la mano de obra y profundizando el deterioro en la calidad del empleo.
      Como tercer y último antecedente podemos citar las huelgas docentes del 2001. Bien podrían considerarse una continuación de la lucha de los ´90 tras el decepcionado voto de confianza que significó el levantamiento de la carpa luego del triunfo electoral de la ALIANZA. Pero con el agravante del descuento del 13% a una buena parte de los docentes (y otros trabajadores del Estado) como medida para achicar el déficit (mientras la deuda externa aumentaba todavía más con del “Blindaje” y el “mega canje”).  Sumado al pago con bonos (patacones).  Además, aunque en teoría había desaparecido la inflación, lo cierto es que entre 1991 y 2001 el índice de precios mayoristas había subido un 9%[iv].
La posconvertibilidad
    La devaluación implicó una inédita transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital, ya que los trabajadores vieron reducido su salario real en, aproximadamente, un tercio por el efecto causado por el aumento de los precios internos sin una contrapartida de los salarios nominales, conduciendo a una acelerada y significativa recomposición de la tasa de ganancia en el conjunto de la economía.
    La elevada rentabilidad de los sectores productores de bienes condujo a una rápida recuperación de los niveles de inversión. Los mismos no sólo se recuperaron con respecto al periodo de crisis sino que se ubicó a partir de 2006 en niveles inéditos. 
   Durante la pos convertibilidad, la tasa de empleo-es decir la proporción de ocupados con respecto a la población total-, se elevó desde un 32,9% en mayo de 2002 a un 42,2 en el primer trimestre del 2008, provocando una notoria contracción de la tasa de desocupación que pasó desde un 22.5 % de la Población Económicamente Activa (PEA) a un 8,4% en el mencionado período.
   La recuperación de los sectores productores de bienes, y con ellos la expansión del empleo, se sustentó principalmente en una extraordinaria transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital, proceso que posibilitó una abrupta recomposición de la tasa de ganancia en el marco de la nueva estructura de precios relativos surgida tras la devaluación[v]. La caída de los salarios reales durante la crisis del 2002 abarató el costo relativo de la mano de obra, en un contexto de encarecimiento de los bienes de capital como consecuencia de la devaluación de la moneda, reforzando el sesgo trabajo intensivo del nuevo patrón de crecimiento.
    El nuevo patrón de crecimiento, si bien posibilitó un notorio incremento en los niveles de empleo, no revirtió la tendencia descendente en las remuneraciones de los asalariados vigentes desde el abandono del modelo sustitutivo de importaciones a mediados de los años setenta. Entre el 2001 y el 2008 la economía argentina creció un 58,5%, y los salarios reales de los trabajadores registrados se elevaron un 7,5% desde los ya extraordinarios bajos valores vigentes a finales del régimen de convertibilidad.
    Recién a fines del 2003 los salarios reales comenzaron a recuperarse, impulsados por la política oficial de ingresos, el restablecimiento de las negociaciones colectivas y la expansión del nivel de empleo. En 2007 alcanzaron a recuperar lo perdido por la devaluación[vi].




[i] Arceo, Monsalvo, Schorr, Wainer Empleo y salarios en la Argentina Una visión de largo plazo. Claves para todos. Colección dirigida por José Nun.
[ii] Damill mario, Frenkel Roberto Restauración  democrática y política económica argentina, 1984-1991
[iii] Arceo, Monsalvo, Schorr, Wainer Ob. Cit.
[iv] Féliz Mariano y Pérez Pablo Ernesto. Conflicto de clase, salarios y productividad. Una mirada de largo plazo para la Argentina.
[v] Arceo Nicolás, González Mariano, Medizábal Nuria y Basualdo Eduardo. El nuevo patrón de crecimiento y su impacto sobe el mercado de trabajo.
[vi] Arceo Nicolás, González Mariano, Medizábal Nuria y Basualdo Eduardo. Ob. Cit. 

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