Somero resumen de una larga y
pesada historia
Sólo
a título ilustrativo tengamos en cuenta que entre 1984 y 1988 se realizaron
pagos en concepto de capital e intereses de la deuda externa por
aproximadamente 40 mil millones de dólares. Esa deuda que entre 1975 y 1983
había crecido de 7.721 a 45.920 millones de dólares. Pagos solventados
principalmente por una combinación de nuevo financiamiento externo,
refinanciación de deudas previas, caída en las reservas internacionales y
afectación a los recursos públicos[i].
En 1987 el déficit corriente del balance de pagos superó los 4.200 millones de
dólares[ii].
Esta espada de Damocles cerniéndose sobre toda la economía argentina hizo
estragos en el salario real de los trabajadores.
A la hora de explicar el referido déficit,
además de la importancia de las sumas requeridas para el pago de intereses y
amortizaciones de la deuda externa, debemos considerar los cuantiosos recursos
públicos destinados a los múltiples mecanismos de transferencia de éstos hacia
el capital concentrado local. El enfrentamiento por la apropiación de los
mismos entre los principales grupos económicos de nuestro país y los acreedores
externos condujo a un creciente proceso de insolvencia fiscal que desembocó en
los dos procesos hiperinflacionarios de finales de los años ochenta y
principios de los noventa[iii].
La hiperinflación que había actuado como
disciplinante social posibilitó que se tomaran una serie de medidas económicas
que de otra forma hubieran enfrentado mayor resistencia. Privatización de las
empresas estatales, profundización de la apertura externa, desregulación de
amplios sectores de la actividad económica y la liberalización del sistema
financiero. Políticas acordes con el denominado “Consenso de Washington” que
permitieron superar la puja por la distribución del excedente registrada en los
´80 entre el capital concentrado local y los acreedores internacionales.
Este modelo, altamente dependiente de la
entrada de capital extranjero, comenzó a dar signos de debilidad. Las causas principales fueron
la reversión de las condiciones
favorables imperantes en la economía mundial en la primera mitad de la
década así como el acelerado endeudamiento externo. Es insoslayable que, ante
la imposibilidad de emitir moneda sin respaldo por la “Ley de convertibilidad”,
el déficit se costeaba con deuda externa.
Con respecto al mercado labor, la
sobrevaluación del peso y la apertura económica se combinaron para que
importación de bienes de capital resultara más redituable que la contratación
de mano de obra. Al mismo tiempo, muchas empresas manufactureras locales se
vieron imposibilitados de competir con los productos importados con su
consecuente cese de actividades. Este
proceso se profundizó a partir de 1993 cuando la reducción de la demanda de
mano de obra condujo a un incremento significativo en el nivel de desempleo que
en 1995 alcanzó un 17,5 por ciento.
Parte de la estrategia oficial
antiinflacionaria se centró en el control de salarios. Se regularon loas negociaciones
colectivas limitando los aumentos salariales a los incrementos de
productividad, prohibiendo la traslación de dichos incrementos a los precios.
Tras la moderada recuperación salarial, producto de salir de la hiperinflación,
los elevados niveles de desempleo condujeron a una reducción de los salarios
reales. Las sucesivas reformas laborales vinieron a convalidar y darle un marco
legal a una situación de hecho, alentando una mayor explotación de la mano de
obra y profundizando el deterioro en la calidad del empleo.
Como tercer y último antecedente podemos
citar las huelgas docentes del 2001. Bien podrían considerarse una continuación
de la lucha de los ´90 tras el decepcionado voto de confianza que significó el
levantamiento de la carpa luego del triunfo electoral de la ALIANZA. Pero con
el agravante del descuento del 13% a una buena parte de los docentes (y otros
trabajadores del Estado) como medida para achicar el déficit (mientras la deuda
externa aumentaba todavía más con del “Blindaje” y el “mega canje”). Sumado al pago con bonos (patacones). Además, aunque en teoría había desaparecido
la inflación, lo cierto es que entre 1991 y 2001 el índice de precios mayoristas
había subido un 9%[iv].
La posconvertibilidad
La devaluación implicó una inédita
transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital, ya que los
trabajadores vieron reducido su salario real en, aproximadamente, un tercio por
el efecto causado por el aumento de los precios internos sin una contrapartida
de los salarios nominales, conduciendo a una acelerada y significativa
recomposición de la tasa de ganancia en el conjunto de la economía.
La elevada rentabilidad de los sectores
productores de bienes condujo a una rápida recuperación de los niveles de
inversión. Los mismos no sólo se recuperaron con respecto al periodo de crisis
sino que se ubicó a partir de 2006 en niveles inéditos.
Durante la pos convertibilidad, la tasa de
empleo-es decir la proporción de ocupados con respecto a la población total-,
se elevó desde un 32,9% en mayo de 2002 a un 42,2 en el primer trimestre del
2008, provocando una notoria contracción de la tasa de desocupación que pasó
desde un 22.5 % de la Población Económicamente Activa (PEA) a un 8,4% en el
mencionado período.
La recuperación de los sectores productores
de bienes, y con ellos la expansión del empleo, se sustentó principalmente en
una extraordinaria transferencia de ingresos desde el trabajo hacia el capital,
proceso que posibilitó una abrupta recomposición de la tasa de ganancia en el
marco de la nueva estructura de precios relativos surgida tras la devaluación[v].
La caída de los salarios reales durante la crisis del 2002 abarató el costo
relativo de la mano de obra, en un contexto de encarecimiento de los bienes de
capital como consecuencia de la devaluación de la moneda, reforzando el sesgo
trabajo intensivo del nuevo patrón de crecimiento.
El nuevo patrón de crecimiento, si bien
posibilitó un notorio incremento en los niveles de empleo, no revirtió la
tendencia descendente en las remuneraciones de los asalariados vigentes desde
el abandono del modelo sustitutivo de importaciones a mediados de los años
setenta. Entre el 2001 y el 2008 la economía argentina creció un 58,5%, y los
salarios reales de los trabajadores registrados se elevaron un 7,5% desde los
ya extraordinarios bajos valores vigentes a finales del régimen de
convertibilidad.
Recién a fines del 2003 los salarios reales
comenzaron a recuperarse, impulsados por la política oficial de ingresos, el
restablecimiento de las negociaciones colectivas y la expansión del nivel de
empleo. En 2007 alcanzaron a recuperar lo perdido por la devaluación[vi].
[i] Arceo,
Monsalvo, Schorr, Wainer Empleo y salarios en la Argentina Una visión de largo
plazo. Claves para todos. Colección dirigida por José Nun.
[ii] Damill
mario, Frenkel Roberto Restauración
democrática y política económica argentina, 1984-1991
[iii] Arceo,
Monsalvo, Schorr, Wainer Ob. Cit.
[iv] Féliz
Mariano y Pérez Pablo Ernesto. Conflicto de clase, salarios y productividad.
Una mirada de largo plazo para la Argentina.
[v] Arceo
Nicolás, González Mariano, Medizábal Nuria y Basualdo Eduardo. El nuevo patrón
de crecimiento y su impacto sobe el mercado de trabajo.
[vi] Arceo
Nicolás, González Mariano, Medizábal Nuria y Basualdo Eduardo. Ob. Cit.
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