jueves, 6 de agosto de 2015

Krabappel y la educación argentina

¿Por qué Krabappel? Simplemente porque es un símbolo de la actualidad de muchos educadores contemporáneos. Los seguidores de Los Simpsons saben bien que ella no siempre fue así. Como la mayoría de los  maestros al comenzar su carrera tenía sueños, proyectos, ambiciones… La frustración fue desgastando todo eso hasta transformarla en alguien que sólo espera que su horario culmine cada día sin novedad.
    Yo he conocido a Krabappels de carne y hueso, a docentes reales que se comportan como ella. Precisamente por eso uno de mis temores es transformarme en algo semejante. Me defiendo contra ese fantasma procurando no olvidarla y planteándome a menudo cuales son las causas que pudieran llevar a un docente en ese camino.
   En primer lugar, no ayuda mucho el hecho de que la profesión sea impunemente injuriada. Estoy harto de escuchar que trabajamos cuatro horas. Se minimiza nuestra tarea midiéndola en horas. En el sistema capitalista medir el trabajo en horas tiene sus motivos, pero ninguno de ellos es mejorar la educación. En lugar de explicar esos motivos prefiero ilustrar mi pensamiento con una anécdota: Cuentan que una vez Pablo Picasso hizo un retrato para una señora. Terminarlo le demandó unos pocos minutos. La señora muy satisfecha por la obra  preguntó cuánto le debía y se escandalizó ante la respuesta. Juzgó excesivamente caro el precio considerando la rapidez del artista.  Indignada le cuestionó “¿Ese precio por tan poco tiempo de trabajo?” Y la respuesta de Picasso fue más o menos así: “Señora, me tomó toda la vida hacerlo”.
   Cuando un cirujano cobra miles de pesos por implantar un par de siliconas nadie se plantea si ese precio guarda relación con las horas que estuvo en el quirófano. Se paga la capacidad del cirujano y el trabajo bien hecho y no el tiempo que demanda la intervención quirúrgica. Cuando un ingeniero presenta un proyecto convincente se le paga sin tener en cuenta si el mismo le demandó más o menos tiempo. ¿Otro ejemplo? Cuando a un abogado se le paga por una sucesión un porcentaje de la venta de un inmueble no se discute si es mucho o poco según el tiempo invertido.
   Tres ejemplos, el cirujano, el ingeniero, el abogado, tres profesionales a los que no se les paga por las horas sino por el resultado. Pero, claro, a la docencia parece que no se la considera una profesión. ¿Qué es entonces? ¿Un arte? ¿Un sacerdocio? Y si aviesa o ingenuamente alguien retrucara que esos profesionales tienen mayor o mejor formación que los docentes, entonces con o sin intención desviaría el eje de la cuestión: ¿Debe mejorarse su formación o la prioridad es que los maestros “sean baratos”?
   Por supuesto que denostar a la profesión docente no es una idea que surge espontáneamente en la cabecita del hijo de vecina, no. Es un discurso sistemáticamente instalado por el Poder por dos motivos fundamentales. Si se la prestigiara, entonces tendría más eco la idea de que el salario debería ser acorde con ese prestigio. No conviene. Tampoco conviene tener una educación de calidad. Un pueblo bien educado es más difícil de manipular (por repetida la frase no pierde veracidad). Inspirados en Maquiavelo es plausible afirmar que para un gobernante lo ideal es que el pueblo sea pobre e ignorante. Pobre, para que siempre necesite la dádiva que lo mantiene fiel al gobernante. Ignorante, para que no se dé cuenta de que la causa de su pobreza es el gobernante.  No, no es buen negocio para el Estado ofrecer una educación de calidad;  nadie pagaría por algo que le ofrecen “gratis” (en rigor no es gratis porque se financia con los impuestos). Si cada vez más gente optara por la Escuela Pública, más aumentaría el “gasto” del Estado.  Sí, porque en la práctica la educación es considerada un gasto y no una inversión. Por otra parte se perjudicaría el negocio de la educación privada. Si en el capitalismo potencialmente todo es mercancía, ¿por qué no habría de serlo también  la educación?    ¿Acaso no lo es la salud con las prepagas?
   Veamos el caso de las  escuelas privadas subsidiadas por el Estado. Uno de los argumentos que tienen las familias a la hora de elegir una de estas escuelas  es que los niños tienen más días de clase. Señores, si el Estado las subsidia y encima cobran una cuota, esas escuelas tienen dinero para contratar un suplente por uno o dos días. En la escuela pública por menos de tres días no se puede pedir suplente. Además, tristemente, si el docente de una privada decide hacer paro tienen dinero para contratar a un “carnero”.  En el peor de los casos, es tan arbitrario el manejo de esas escuela que el docente no tiene la libertad de hacer paro porque pierde su trabajo.
   Te cobran la cuota y en muchos casos extras por Inglés o computación. El pobre trabajador termina esforzándose para poder mandar a sus hijos a una de esas escuelas subsidiadas. Y ese mismo trabajador es el que internaliza el discurso oficial en contra de los maestros. Un discurso que desvía su atención para que no vea a un Estado que le niega una educación pública de calidad y en vez de eso acuse al maestro porque “trabaja cuatro horas” y quiere ganar un montón.
   Los resultados de la educación se ven a largo plazo, entre diez y veinte años. Las elecciones son cada dos años. No hay forma de que ambas cosas se compaginen en forma coherente.  Nadie va a ganar una elección por invertir en educación. Total, la elite que maneja al país tiene sus escuelas privadas.
    Esta es apenas una de las causas por las cuales surgen las y los Krabappel. No todo se agota en esto, es mucho más complejo. Debemos considerar qué parte de la responsabilidad le toca a cada escuela con sus directivos, a las familias y, por supuesto, al propio docente. No es cuestión de considerarlo una mera víctima del sistema como si no tuviera margen de acción. De ser así todos serían Krabappel porque todos están insertos en el mismo sistema.
  Los Krabappel, esos docentes a los que ya no les preocupa si sus alumnos aprenden o no. Ni siquiera les interesa si están en el aula o no. Sólo mirando las perezosas agujas del reloj con la ansiedad de que se acabe ese suplicio. Preguntándose qué habría sido de ellos si hubieran elegido otra carrera. Me acuerdo cuando Nelson entró al aula a avisar que  habían robado el limonero (El limón de Troya). Todos los alumnos salieron tras él y Krabappel los llamó una, dos veces, y a la tercera, resignada, encendió un cigarrillo y dijo “bueno, lo intenté”, y se quedó sola sin insistir más.
   Pero también me acuerdo de la película de Sandrini, “El hombre virgen”, en la cual al protagonista su mujer lo acusa de infiel. Él es inocente pero debe aceptar la culpa para ser perdonado. Al final de la película una voz en off plantea si acaso el hombre va a cobrarse la deuda por la  desconfianza de su esposa. ¿Confuso? Si permanentemente se insiste en que el docente no merece un reconocimiento mayor, porque no se lo considera un profesional sino alguien que sólo trabaja “cuatro horas”,  no nos debe extrañar que cada tanto alguno se quiera cobrar esa deuda.

Nuestro no es un sacerdocio
ni es la pura abnegación.
Nuestra es una profesión
y aunque enseñar es hermoso
el pago escaso y moroso
no ayuda a la educación.

Oscar “Osi” Santamírez

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